viernes, 9 de octubre de 2015

B de biblioteca, B de bomba


A veces viene bien dejar de mirarse el ombligo y mirar hacia otros lares. Hablar de bibliotecas y Colombia es siempre un motivo para la esperanza. Según los últimos informes del FMI, la economía mundial se verá lastrada por la falta de crecimiento en Latinoamérica, y aunque Colombia rebaja sus expectativas de crecimiento, será de los países menos afectados.

Y ese crecimiento económico se está notando entre otras cosas en la construcción de bibliotecas. Fomentar la cultura entre la población se ha convertido en prioridad, y lo que antes eran auténticos campos de batalla, ahora se convierten en bibliotecas. Colombia ocupa el segundo puesto en el triste ranking de países con mayor número de minas antipersonas enterradas en su territorio (sólo le supera Afganistán).

 El Gobierno junto con las FARC, acordaron limpiar el suelo colombiano de minas; para posteriormente, construir bibliotecas en dichos terrenos. Bibliotecas por bombas, la mejor sustitución posible.



The power of books del artista Mladen Penev
Todo lo contrario que en Irak, donde los bibliotecarios de la Biblioteca Nacional de Bagdad:  están digitalizando a contrarreloj los miles de documentos valiosos que conservan, por miedo a los explosivos con que el ejército de terroristas yihadistas del ISIS, está destruyendo el patrimonio cultural de la zona.

La digitalización, en este caso, actúa como los sacos de arena con los que se protegieron las colecciones de raros e incunables en la Biblioteca Nacional de España, durante la Guerra Civil. Veintiocho bombas cayeron en total sobre la Biblioteca Nacional durante la Guerra Civil: la aviación franquista señalaba con bengalas a la Biblioteca y al Museo del Prado, como objetivos de los bombardeos.

En las guerras, tras las pérdidas humanas, lo primero a aniquilar siempre es la cultura. Las bibliotecas, como garantes de la cultura y los valores de una sociedad; siempre serán víctimas propiciatorias de cualquier régimen totalitario.

Leyendo entre las ruinas tras un bombardeo. Londres,  II Guerra Mundial

Cleopatra Taylor esperando a que Julio César
le queme la biblioteca
Desde la mítica Biblioteca de Alejandría, arrasada sucesivamente, hasta su destrucción absoluta a manos de los musulmanes en el 642 a. C.; pasando por la biblioteca de Nalanda en la India, en la que los musulmanes (de nuevo) invirtieron de 3 a 6 meses para conseguir quemarla por completo; la Biblioteca de Cartago destruida por los romanos; o la de Antioquia que, en el año 364 a. C., fue incendiada por el emperador Joviano.

Pero sin remontarse tan lejos en el tiempo, la Biblioteca de Sarajevo fue bombardeada con saña en 1992 con bombas incendiarias por la aviación serbia. El detalle quizás más escalofriante en este caso, sea el hecho de que el militar encargado de dar la orden de destruir la biblioteca, fuera usuario de la misma. Un hombre culto, profesor universitario especializado en Shakespeare; que se convirtió en el número dos de los ultranacionalistas serbios. La banalidad del mal de la que hablaba Hannah Arendt, o que todos somos presa fácil de algún tipo de fanatismo.

Música para las ruinas de la Biblioteca de Sarajevo


De una forma u otra, las bibliotecas siempre resultan explosivas. En sus estanterías se ordenan tejuelados, miles de detonadores de efecto retardado dispuestos para dinamitar prejuicios, lugares comunes, y estereotipos. Auténticas bombas que explotan en las mentes haciendo saltar por los aires las mentiras que quieren contarnos; o dando munición para los que quieran inventarse nuevas mentiras.

Por eso sería de agradecer, que en vez de hacer saltar por los aires a las bibliotecas; las bombas cayesen sobre los tópicos que sobreviven imperturbables, por mucho que caiga, sobre bibliotecas y bibliotecarios.


Ni cursis, ni ninfómanas, siempre hay un término medio


Si empezábamos en Colombia, vamos a cerrar subiendo un poco en el mapa, hasta la paradisíaca Costa Rica. Se trata del país en que se desarrolla la película norteamericana After words (Después de las palabras). No la hemos visto, no queremos actuar de críticos de cine agoreros, pero de entrada viendo el trailer, y leyendo algunas críticas, lo cierto es que la incluiríamos en nuestra lista negra, si es que acaso tuviéramos una lista negra.

Marcia Gay Harden interpreta a una bibliotecaria que no se ahorra ni uno solo de los tópicos. A saber: gafas, pelo desastroso, pinta grisácea, aburrimiento infinito, frustración sexual, vida anodida, trabajo amuermante y así hasta el infinito, y más allá del bostezo. En un libro descubre las maravillas de Costa Rica, y se decide a un viaje que le cambiará la vida, el look y hasta el cuerpo, gracias a las alegrías que le brinda el personaje interpretado por nuestro estupendo Óscar Jaenada.

"Todos merecemos una historia de amor"
¿incluso los bibliotecarios?

Vale que recurrir a los estereotipos siempre es agradecido, según para qué cosas; que abominamos del exceso de corrección política en la ficción: pero ya cansa. A ver, señores guionistas: que muchos bibliotecarios viajamos, salimos, bailamos, nos desmadramos, vestimos estupendamente, y no, no tenemos tejuelada la entrepierna, la disfrutamos como todos: cuando se puede y nos dejan.

Así que vamos a hacer saltar por los aires tanta tontería eligiendo un tema para darlo todo en la pista de baile. Los colombianos Bomba Estéreo nos ponen sabrosones a más no poder, sin posibilidad de redención cultureta. A ver si así llega el mensaje:

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Un buen post, con buenos puntos de vista. Sólo a mi entender hay algo que puede resultar fuera de lugar, a mi entender, claro está. Es la declaración de la libertad de indumentaria, que cada uno vista como le de la gana, me parece un poco superficial el entrar en ese tipo de debate, lo importante de las personas es su mundo interior y eso es lo que debiera reivindicar las bibliotecas. En mi opinión no hay nada de malo que una persona tenga un aspecto gris ( el gris es un color muy socorrido en el mundo de la pasarela, es elegante, sobrio y combina con todo )así que no pongamos etiquetas.

El blog de la BRMU dijo...

Pero es que el gris con el que suele vestir al estereotipo de lo que se supone es un bibliotecario no es el gris de pasarela, sino el gris como sinónimo de aburrimiento y anodino; y no ya en la vestimenta, que sería lo de menos, sino en lo que se supone debe ser nuestro carácter por dedicarnos a la cultura. Eso sí, por supuesto que cada uno vista como quiera, ¿cómo íbamos a decir lo contrario con la Pasarela BRMU que hemos tenido durante estos últimos meses?